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lunes, 25 de abril de 2016

EL CUERPO INFELIZ, de Lord Dunsany, del libro "Cuentos de un Soñador".

EL CUERPO INFELIZ

«Por qué no bailas y te solazas con nosotros?», le decían a cierto cuerpo. Y el cuerpo
confesó su tribulación. Dijo: «Estoy unido a un alma feroz y violenta que es sobremanera
tiránica y no me deja reposo, y me arrastra fuera de las danzas de los míos para hacerme
trabajar en su detestable obra, y no me deja hacer las cosas menudas que complacerían
a la gente que amo, sino que sólo cuida de agradar a la posteridad cuando haya concluido
conmigo entregándome a los gusanos; y entre tanto, hace absurdas demandas de afecto
a los que están cerca de mí, y es demasiado orgullosa para apreciarlo cuando se le da
menos de lo que pide, así que aquellos que serian bondadosos para mí me odian.» Y el
cuerpo infeliz rompió a llorar.

Y le dijeron: «Ningún cuerpo sensible se cuida de su alma. Un alma es poca cosa y no
ha de gobernar a un cuerpo. Tú debes beber y fumar hasta que deje de afligirte.» Pero el
cuerpo no hacía más que llorar y decir:
«La mía es un alma espantosa. La he arrojado fuera de mí un rato con la bebida. Mas
pronto volverá. ¡Ay, pronto volverá!»

Y el cuerpo fuese a acostar anhelando reposo, porque estaba adormilado por la bebida.
Mas cuando el sueño se le acercaba, levantó los ojos, y allí estaba su alma sentada en el
alféizar de la ventana, como nebulosa llama de luz, mirando a la calle.»
«Ven -dijo aquel alma tirana- y mira a la calle.»
«Necesito dormir», dijo el cuerpo.
«Pero la calle es una bella cosa -dijo el alma con vehemencia-. Cien personas están
soñando en ella.»
«Estoy enfermo por falta de descanso», dijo el cuerpo.
«No importa», dijo el alma. «Hay millones como tu en la tierra, y millones y millones que
vendrán. Los sueños de la gente vagan a campo traviesa; cruzan mares y montañas de
maravilla, guiándose por sus almas en los intrincados pasos; vienen a los templos de oro
que resuenan con miles de campanas; suben empinadas calles que alumbran farolillos de
papel, donde las puertas son verdes y pequeñas; conocen el camino de las cámaras de
los hechiceros y de los castillos encantados; saben el hechizo que los atrae a las calzadas
a través de las montañas de marfil. Si miran a un lado y hacia abajo, contemplan los
campos de su juventud, y al otro se extienden las radiantes planicies del futuro. Levántate
y escribe lo que sueña la gente.»
«¿Qué recompensa hay para mí-preguntó el cuerpo- si escribo lo que me pides?»
«No hay recompensa ninguna», dijo el alma.
«Entonces voy a dormir», dijo el cuerpo.

Y el alma empezó a susurrar una perezosa canción que cantara un joven en una tierra
fabulosa al pasar una ciudad de oro (que guardaban fieros centsnelas), y sabía que su
mujer estaba en ella, aunque no era todavía más que una niña, y sabía por las profecías
que feroces guerras aún no empeñadas en lejanas e ignoradas montañas habrían de
rodar sobre él con su polvo y su sed antes de volver de nuevo a aquella ciudad. El joven
cantaba al pasar por la puerta, y estaba muerto con su mujer hacía cien anos.
«No puedo dormir con esa canción abominable», gritó el cuerpo al alma.
«Entonces haz lo que se te manda», replicó el alma. Y cansado el cuerpo, tomó otra
vez la pluma. Entonces habló el alma alegremente en tanto que miraba por la ventana.
«Allí hay una montaña que se alza escarpada sobre Londres, en parte de cristal y en
parte de niebla. A ella van los soñadores cuando se ha apagado el ruido del tráfico. Al
principio apenas pueden soñar a causa del estruendo; pero antes de media noche se
para, gira y se va a marea menguante con todos sus naufragios. Entonces, los soñadores
se levantan y escalan la montaña fulgurante, y en su cumbre encuentran los galeones del
ensueño. De allí navegan unos rumbo a Oriente, otros a Occidente, unos por el Pasado y
otros por el Futuro, porque los galeones navegan sobre los años como sobre los
espacios; pero casi todos ponen proa al pasado y a las viejas dársenas, porque allá van
los suspiros de los hombres y los navíos navegan a su favor, como los mercaderes bajan
costeando el Africa empujados por los perennes vientos alisios. Todavía veo a los
galeones levar ancla tras ancla; las estrellas fulguran entre ellos; los navíos deslízanse
fuera de la noche; sus proas van resplandecientes hacia el crepúsculo del recuerdo, y la
noche pronto queda lejos, una negra nube que cuelga baja, y débilmente salpicada de
estrellas, como el puerto y la ribera de una tierra baja vista a lo lejos con las luces de su
puerto.»

Uno tras otro, el alma, sentada junto a la ventana, relató los sueños. Contó de
tropicales selvas vistas por desdichados hombres que no pueden salir de Londres, ni
nunca podrán; selvas que hacía de súbito maravillosas el canto de una ave de paso que
cruza volando hacia desconocidos lugares y cantando un canto desconocido. Vio a los
viejos bailando ligeramente al son de los pífanos de los elfos hermosas danzas con
vírgenes quiméricas, toda la noche, sobre montañas imaginarias, a la luz de la luna; oía a
lo lejos la música de rutilantes primaveras; vio la hermosura de las yemas del manzano
caídas acaso hacía treinta años; oyó viejas voces, viejas lágrimas tornaban brillando; la
Leyenda sentábase encapotada y coronada sobre las lomas del sur, y el alma la conoció.
Uno a uno contó los sueños de todos los que dormían en aquella calle. A veces
deteníase para denostar al cuerpo porque trabajaba mal y perezosamente. Sus ateridos
dedos escribían tan veloces como podían, pero el alma no reparaba en ello. Y así
transcurrió la noche, hasta que oyó el alma tintinear por el cielo de Oriente las pisadas de
la manana.

«Mira ahora -dijo el alma- la alborada que temen los soñadores. Comienzan a palidecer
las velas luminosas de los galeones insumergibles; los marineros que los gobiernan
tornan al mito y la fábula; la marea del tráfico vuelve ahora a subir, y va escondiendo sus
pálidos naufragios, y viene por oleadas con su tumulto a la pleamar. Ya los destellos del
sol flamean en los golfos tras el Oriente del mundo; los dioses lo han visto desde el
palacio crepuscular que han levantado sobre el amanecer; calientan las manos a su llama
cuando fluye por sus arcos resplandecientes antes de tocar el mundo; allí están todos los
dioses que han sido y todos los dioses que serán; siéntanse allí a la mañana, cantando y
alabando al Hombre.»
«Estoy entumecido y helado por falta de sueño», dijo el cuerpo.
«Tendrás siglos para dormir -repuso el alma-, pero no puedes dormir ahora, porque he
visto hondas praderas con flores de púrpura llameando altas y extrañas sobre el brillante
césped; rebaños de puros y blancos unicornios que retozan alegres, y un río que corre
con un reluciente galeón en él, todo de oro, que va de una tierra desconocida a una
ignorada isla del mar, para llevar una canción de un hijo del Rey de las Cumbres a la
Reina de la Lontananza.
»Yo te cantaré este canto, y tú has de escribirlo.»
«He trabajado años y años para ti», dijo el cuerpo. «Dame ahora siquiera una noche de
descanso, porque estoy fatigado.»
«¡Oh, vete y descansa! Estoy harta de ti. Me voy», dijo el alma.
Elevóse y partió no sabemos adónde. Pero al cuerpo lo colocaron en la tierra, y a la
media noche siguiente los espectros de los muerttos vinieron desde sus tumbas para
felicitar al cuerpo.
«Aquí eres libre, ya lo sabes», dijeron a su nuevo compañero.
«Ya puedo descansar», dijo el cuerpo.



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